Ética IA

Google admite que la IA crece más rápido de lo que la red se descarboniza: las claves de su Informe Ambiental 2026

Hay una frase, enterrada en la introducción del undécimo Informe Ambiental de Google, que merece más atención de la que probablemente recibirá: la compañía reconoce abiertamente que su despliegue de infraestructura de IA está creciendo más rápido de lo que la red eléctrica se está descarbonizando. No es un matiz técnico. Es una confesión corporativa de que el ritmo de la revolución algorítmica ha desbordado, al menos por ahora, la capacidad del sistema energético para sostenerla de forma limpia.

Y esto, en el terreno de la ética de la IA, no es un detalle menor.

Un crecimiento que la propia compañía no consigue reconducir

Las cifras hablan solas. En 2025, Google experimentó el mayor crecimiento de demanda eléctrica de su historia: un 37% interanual. Pese a haber igualado, por noveno año consecutivo, el 100% de su consumo eléctrico con compras de energía renovable a escala global, sus emisiones operativas solo bajaron un 2%. Mientras tanto, las emisiones de su cadena de suministro —fabricación de chips, construcción de centros de datos, componentes— crecieron un 25%, arrastradas en buena medida por una región Asia-Pacífico cuya red eléctrica sigue dependiendo de combustibles fósiles.

La propia empresa lo explica sin rodeos: sin sus intervenciones de descarbonización, su huella de carbono habría sido cinco veces mayor. Lo cual es, a la vez, un logro de ingeniería y un reconocimiento incómodo: la IA, tal y como se está desplegando hoy, genera una presión ambiental que ni siquiera uno de los mayores compradores corporativos de energía limpia del planeta consigue neutralizar por completo.

La eficiencia por prompt mejora, pero la escala se impone

Google destaca que el consumo energético del prompt mediano de texto en Gemini Apps cayó por un factor de 33 en apenas doce meses, y su huella de carbono por un factor de 44. Son cifras notables, producto de años de coinvenciones entre modelos y hardware —los TPU de séptima generación, Ironwood, resultan casi 30 veces más eficientes que la primera generación de 2018—.

Pero aquí es donde se abre la complejidad que el informe no puede disimular: la eficiencia por unidad no compensa el volumen agregado cuando la demanda total crece un 37% en un solo año. Es la vieja paradoja de Jevons vestida de inteligencia artificial: cuanto más barata —energéticamente— resulta cada consulta, más consultas se hacen, y más infraestructura se construye para sostenerlas.

El uso de la IA como coartada... y como herramienta real

El documento dedica una parte sustancial a mostrar el lado positivo: nueve soluciones de Google (enrutamiento eficiente en Maps, termostatos Nest, entre otras) habrían ayudado a evitar unas 41 millones de toneladas de CO2e en 2025, el equivalente a tres veces las propias emisiones de la compañía. También destaca avances en pronóstico de inundaciones para más de dos mil millones de personas, o el modelo NeuralGCM utilizado para prever monzones en India.

La pregunta que el lector no puede evitar hacerse es si este balance —el bien que la IA permite frente al daño ambiental que exige construirla— justifica, por sí solo, la velocidad del despliegue. El informe no responde a esa pregunta con la misma franqueza con la que admite el desfase entre crecimiento e infraestructura limpia. Y ahí reside buena parte de su interés desde una perspectiva de ética y gobernanza tecnológica: la transparencia sobre los costes es más completa que la reflexión sobre si esos costes son aceptables, o sobre quién debería decidirlo.

Lo que el informe no resuelve

Google reconoce explícitamente que utiliza certificados renovables globales para reclamar coincidencia anual del 100%, aunque localmente sus centros de datos sigan operando, en determinadas horas y regiones, sobre generación fósil. Es un patrón de reporting que el propio documento cuestiona —de ahí su apuesta por certificados granulares y coincidencia horaria—, pero que ilustra una tensión estructural: los estándares de sostenibilidad corporativa permiten narrativas de cumplimiento que no siempre reflejan el impacto físico real sobre la red que sostiene el sistema.

El informe completo de Google —Environmental Report 2026— detalla cifras, metodologías y compromisos que no caben en este análisis: desde el desglose de sus casi 35 GW de contratos de energía limpia hasta el análisis técnico de intensidad de carbono por TPU. Puede consultarse directamente en la web de sostenibilidad de Google, en este enlace del informe original.

Por qué esto importa más allá de Google

Lo que revela este informe no es exclusivo de una compañía. Es un síntoma de la tensión que atraviesa a toda la industria de la IA: el compromiso público con la sostenibilidad choca, en la práctica, con una carrera de infraestructura que no espera a que la red se ponga al día. Los reguladores europeos ya empiezan a exigir divulgación de huella ambiental en sistemas de IA de alto impacto bajo el AI Act; informes como este —voluntarios, detallados, pero redactados por la propia parte interesada— marcarán el estándar de lo que se considera transparencia suficiente.

Algunas conclusiones se imponen con claridad:

  • La eficiencia técnica por unidad de cómputo no resuelve, por sí sola, el problema del crecimiento agregado de la demanda.
  • La transparencia voluntaria de las grandes tecnológicas convive con métricas de cumplimiento —como la coincidencia anual global— que pueden ocultar impactos locales reales.
  • El aumento del 25% en emisiones de cadena de suministro traslada buena parte del coste ambiental de la IA a regiones con menor capacidad regulatoria.
  • La discusión ética sobre la IA ya no puede limitarse a sesgo, privacidad o desinformación: la huella energética es, cada vez más, un problema de gobernanza central.
  • La brecha entre ambición climática y ritmo de despliegue tecnológico será, previsiblemente, uno de los frentes regulatorios más activos de los próximos años.